“un monje y un carnicero se pelean dentro de cada deseo”

E. M. Ciorán

 

Cartel con la siguiente inscripción: “El lugar es el deseo”. Está colgado en un espacio rojo. El espacio tiene una abertura en su parte superior, si es que tiene parte superior, de todas formas está muy alta. La abertura es un ¿túnel? (como una chimenea). Hay una silla pequeña en el centro. Una silla de madera de ébano. La luz que proviene de la abertura la ilumina. Es una luz azul noche, como la luz de la luna. 

Afuera hay un espacio negro y el cubículo rojo está suspendido en esa noche. 

Por la izquierda viene una cabeza de perfil con un cuerpo y dos manos. Tiene unos ojos enormemente desproporcionados y una boca. Se detiene al lado del cubículo rojo y con sus manos lo sujeta. La boca se abre liberando un berrido. 

Adentro, en el espacio rojo, la silla se desplaza bruscamente hacia el costado y golpea contra la pared roja. De un otro costado sale un tipito amedrentado que, mientras levanta la silla mira hacia la abertura. El tipito está vestido con una camiseta musculosa blanca y calzoncillos blancos. La abertura se oscurece. Ya no vemos ni al tipito ni a la silla de madera de ébano ni el interior rojo. 

Afuera, uno de esos ojos enormemente desproporcionados pestañea sobre la abertura. Está mirando hacia adentro del deseo. No ve otra cosa que negro. 

La cabeza de perfil se inflama y se agranda lentamente, tiene mayor volumen que el cubículo rojo. La cabeza de perfil tiene la boca entreabierta de manera que si estuviera sobre la abertura del espacio rojo, adentro llovería una lluvia espesa. 

Adentro está oscuro. Afuera hay un ojo que pestañea. Eventualmente un ¿jadeo? 

Adentro está oscuro. Afuera hay una boca que hace llover en un lugar que no vemos. 

Adentro está oscuro y se oyen gemidos ahogados. 

Afuera, una sombra aparece por sobre la cabeza de perfil. La boca sigue haciendo llover. Los habitantes de ese otro lugar que no vemos deben estar viscosos. La sombra deviene en una cabeza de frente que se asoma por detrás del ojo enormemente desproporcionado que, además, pestañea. Aparece, al costado de la cabeza de frente, una mano con forma de puño -debe ser, claro está, el puño de la cabeza de frente que tiene también unos ojos pero son tan chiquitos, tan chiquitos… – el puño se levanta. 

Adentro está oscuro y se oyen gemidos ahogados. El ojo enormemente desproporcionado pestañea y se separa de la abertura. Las manos que sujetan el cubículo rojo se sacuden produciendo un movimiento de coctelera en el espacio rojo. Por un instante la luz azul noche ilumina el interior del espacio rojo dejando ver al escuálido tipito sujetando o sujetándose a la silla de madera de ébano. El tipito está desencajado. Los ojitos revolotean alrededor de la cara y la cara alrededor del cuello. El cuello y las piernas alrededor de la silla. Las manos impiden que la silla se separe del piso, rojo. 

Afuera, la boca emite un sonido a modo de gargarismo aspirado y la lluvia viscosa por un instante se detiene. El ojo se asoma, pestañeando, a la abertura. La boca se entreabre y nuevamente comienza a gotear. El puño de la cabeza de frente está sobre la cabeza del ojo que pestañea. 

Adentro está oscuro. Afuera, el puño desciende bruscamente y ah! el ojo enormemente incrustado en la abertura. La cabeza de frente se tapa la cara con la otra mano, por entre los dedos sus ojos, que son tan chiquitos, miran el cubículo rojo. Los ojitos, atrás de los dedos se agrandan, se inflaman, miran desorbitadamente el cubículo rojo enormemente desproporcionado que tiene, además de un puño sobre lo que queda de una cabeza de perfil, un ojo que ya no pestañea ni tiene forma de ojo. El puño se mueve. Entre los dedos asoma, con esfuerzo, el tipito desencajado. Con su cabeza y sus manos separa los dedos del puño. La cabeza de frente se inflama y se agranda lentamente atrás de su mano. La boca de lo que queda de la cabeza de perfil está abierta y hace llover una lluvia verde. El tipito desencajado tira hacia afuera del puño la silla de madera de ébano. La silla tiene rota una pata. Una pata de atrás. El tipito se seca la transpiración mientras examina la silla. Mira hacia abajo, a lo que queda del cubículo rojo. Mira hacia arriba. La cabeza de frente lo está mirando ya sin su mano delante. El tipito coloca la silla sobre el puño y se sienta de frente a la cabeza que se inflama y se agranda lentamente. La silla, con el tipito encima, se inclina hacia un costado y hacia atrás. El tipito se cruza de piernas y de brazos y espera. La cabeza de frente está tirante y roja. El tipito espera. La cabeza de frente explota lanzando su contenido rojo en el espacio negro. El tipito, sentado, va cubriéndose con el contenido de lo que era la cabeza de frente. 

Un amontonamiento rojo suspendido en un espacio negro. Un pequeño cartel cuelga, inclinado, en el amontonamiento rojo con la leyenda “Hay lugar para un deseo”.

 

mónica fessel

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